AÑO DE GRACIA PARA AMAR MÁS A NUESTRA IGLESIA DIOCESANA Y CRECER EN COMUNIÓN

La Iglesia tiene la tarea de conducir a las personas al encuentro con Jesús, de modo de despertar y hacer crecer en ellos la adhesión y el seguimiento propios de la fe. Hemos encontrado esta realidad formulada en muchas páginas de los textos conciliares del Vaticano II, al explicarnos la Iglesia como pueblo de Dios: “Quiso Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa” (LG, 9). Por tanto, la Iglesia no existe para sí misma sino para el mundo, con el fin de transformarlo en reino de Dios.
En este año jubilar es el momento para preguntarnos si la Iglesia está realizando bien la labor que hemos descrito: ¿es ella, en nuestro tiempo y en nuestra diócesis, un buen signo e instrumento de salvación?
Hoy, ¿la Iglesia es capaz de manifestar el misterio que porta a lo largo de la historia? Para dar respuesta a esta pregunta es necesario y comprender el mundo en que vivimos y sus esperanzas, sus aspiraciones y su modo de ser y estar. El hombre, que hoy mira a la Iglesia, necesita respuestas, caminos, esperanza, vida, …. Mira con desconfianza y critica la evolución del tema ecuménico, la incorporación del laico en la vida y las tareas de la Iglesia, la colegialidad episcopal, el ejercicio de la autoridad y de la disciplina, la falta de acogimiento al que llega «desde fuera», pero al mismo tiempo quiere conservar lo que ha descubierto que le da vida y quiere volver a encontrarlo y desarrollarlo, es decir, desea volver a vivir con mayor intensidad el mandamiento del amor. Además, se aprecia una carencia de habilidades comunicativas en un mundo que ha hecho de esto un punto clave de la articulación social. Se piensa que, en ciertos ámbitos, la Iglesia se ha ido quedando muda.

La razón de ser de la Iglesia Diocesana es, en primer lugar, que cada persona crezca en el conocimiento de Cristo y le sigan revestidos de su Espíritu. En segundo lugar, ser toda ella un signo del Amor. Y, viviendo en el Amor, por la participación de todos, cada uno según sus posibilidades, trabajar en la construcción del Reino de Dios. La recompensa es entrar en la intimidad de Jesucristo, llenar la vida de sentido y participar, ya, desde ahora, en el Reino de Dios que ya está entre nosotros. La Iglesia Diocesana es la comunidad de los renovados en Cristo que viven bajo el signo del Amor, son instrumentos del Amor y aportan caridad y misericordia.

Sam Juan Pablo II presenta al Espíritu Santo como el protagonista de la misión de la Iglesia y el papa Francisco señala que la Iglesia necesita “evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo. En Pentecostés, el Espíritu hace salir de sí mismos a los Apóstoles y los transforma en anunciadores de las grandezas de Dios, que cada uno comienza a entender en su propia lengua. El Espíritu Santo, además, infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso contracorriente. Invoquémoslo hoy, bien apoyados en la oración, sin la cual toda acción corre el riesgo de quedarse vacía y el anuncio finalmente carece de alma”
Se impone, pues, para evangelizar, una conversión permanente a la persona del Espíritu Santo. Evangelizar significa proclamar la Buena Nueva de la salvación, anunciar a Jesucristo, que es el Evangelio de Dios. El anuncio del Evangelio constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Esta realidad íntima de nuestra Iglesia Diocesana necesita ser conocida, acogida, creída y vivida por los diocesanos, las comunidades y los grupos eclesiales.

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